- Solemnidad de la Santisima Trinidad

Mis Queridos Amigos:
Hoy celebramos la Santísima Trinidad. No hace falta ser teólogo con múltiples títulos para comprender este misterio. Los Padres de la Iglesia nos ayudan a entender el misterio de Dios en formas muy sencillas. Hicieron esto para combatir las herejías que surgieron en los primeros siglos de la Iglesia, pero veamos hoy a la Trinidad en términos de relación: cómo el Padre, el Hijo y el Espíritu se relacionan entre sí. Nos sentimos atraídos por este misterio de amor que es Dios mismo.
Uno de los mayores padres de la Iglesia en tiempos recientes fue el Papa Benedicto XVI, quien tenía el don de explicar lo trascendente en términos muy sencillos. En esta fiesta, hace 17 años, ofreció una hermosa reflexión sobre la Santísima Trinidad:
Hoy contemplamos la Santísima Trinidad tal como nos la dio a conocer Jesús. Él nos reveló que Dios es amor “no en la unidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia” (Prefacio): es Creador y Padre misericordioso; es Hijo unigénito, eterna Sabiduría encarnada, muerto y resucitado por nosotros; y, por último, es Espíritu Santo, que lo mueve todo, el cosmos y la historia, hacia la plena recapitulación final. Tres Personas que son un solo Dios, porque el Padre es amor, el Hijo es amor y el Espíritu es amor. Dios es todo amor y sólo amor, amor purísimo, infinito y eterno. No vive en una espléndida soledad, sino que más bien es fuente inagotable de vida que se entrega y comunica incesantemente. Lo podemos intuir, en cierto modo, observando tanto el macro-universo —nuestra tierra, los planetas, las estrellas, las galaxias— como el micro-universo —las células, los átomos, las partículas elementales—. En todo lo que existe está grabado, en cierto sentido, el “nombre” de la Santísima Trinidad, porque todo el ser, hasta sus últimas partículas, es ser en relación, y así se trasluce el Dios-relación, se trasluce en última instancia el Amor creador.
Todo proviene del amor, tiende al amor y se mueve impulsado por el amor, naturalmente con grados diversos de conciencia y libertad. ¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2), exclama el salmista. Hablando del “nombre”, la Biblia indica a Dios mismo, su identidad más verdadera, identidad que resplandece en toda la creación, donde cada ser, por el mismo hecho de existir y por el “tejido” del que está hecho, hace referencia a un Principio trascendente, a la Vida eterna e infinita que se entrega; en una palabra, al Amor. “En él —dijo san Pablo en el Areópago de Atenas— vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28). La prueba más fuerte de que hemos sido creados a imagen de la Trinidad es esta: sólo el amor nos hace felices, porque vivimos en relación, y vivimos para amar y ser amados. Utilizando una analogía sugerida por la biología, diríamos que el ser humano lleva en su “genoma” la huella profunda de la Trinidad, de Dios-Amor.
La Virgen María, con su dócil humildad, se convirtió en esclava del Amor divino: aceptó la voluntad del Padre y concibió al Hijo por obra del Espíritu Santo. En ella el Omnipotente se construyó un templo digno de él, e hizo de ella el modelo y la imagen de la Iglesia, misterio y casa de comunión para todos los hombres. Que María, espejo de la Santísima Trinidad, nos ayude a crecer en la fe en el misterio trinitario.
Papa Benedicto XVI, Angelus, 6/7/09Por eso, los invito a meditar sobre estas palabras del Papa Benedicto y a ofrecer la sencilla oración a la Santísima Trinidad que ofrecemos varias veces cuando rezamos el rosario:
“Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amen.”
Que Dios los bendiga a todos,
Del Escritorio del Párroco
