Mis Queridos Amigos,
Al concluir hoy la temporada navideña, algunos de ustedes me pidieron una copia de la homilía que prediqué la semana pasada para la Epifanía. Aquí está:
Cuando era niño, mi familia pasaba los fines de semana de verano en los Cayos de Florida. El cielo nocturno es mucho más claro en el sur que aquí en la ciudad. Por la noche, me acercaba al agua y contemplaba las numerosas estrellas en el cielo. Me cautivaban las posibilidades de lo que había más allá de “los límites de la Tierra”. Este nuevo año trae la promesa de Artemis II, el cohete que usaran la NASA para regresar a la luna, algo que no he visto en mi vida. La emoción por el misterio de lo que hay más allá es lo que nos impulsa a explorar, como lo hicieron los Reyes Magos. De niño, siempre buscaba la estrella más brillante en el cielo y suponía que era la estrella bajo la cual nació Jesús, la misma estrella que los Reyes Magos vieron al amanecer y siguieron hasta Belén. ¿Qué debió pasar por la mente de estos sabios cuando vieron aparecer esta estrella?
La Fiesta de la Epifanía es una fiesta bien importante en nuestros países más aun que en los Estados Unidos. Todavía lo es en la Iglesia. Celebramos, como dice el prefacio de la Misa, la revelación del “misterio de nuestra salvación en Cristo como luz para las naciones”. Jesús no vino solo para salvar a los judíos, sino para salvar al mundo entero. Debería haber estado toda Judea a la puerta de María y José esperando para rendir homenaje a este niño. El posadero que los rechazó cuando buscaban posada debería haberles ofrecido su propia casa. Este era el niño que todo Israel había estado esperando, sin embargo, aparte de los pastores, los únicos que vinieron a rendirle homenaje fueron tres extraños gentiles de Oriente. El Papa Benedicto XVI señaló una vez en una homilía de la Epifanía que con el viaje de los Reyes Magos desde Oriente hacia Cristo, la humanidad también comienza su peregrinación hacia su Redentor. Si bien la respuesta pudo haber sido lenta al principio, muchas naciones pronto reconocerían a Cristo como su Mesías y Rey, como lo hacemos hoy. Al igual que los Reyes Magos, nuestros corazones están en constante búsqueda. Buscando respuestas a grandes misterios. Por eso hemos contemplado constantemente las estrellas, porque anhelamos conocer lo desconocido. ¿Qué hay más allá de lo que nos rodea?
Solo Dios podría satisfacer plenamente la curiosidad que Él mismo ha puesto en nuestros corazones. Los Reyes Magos tenían esos corazones inquietos de los que hablaba San Agustín, que solo podían encontrar la paz en la presencia de Dios. Por eso se postraron ante el Niño. Estaban en presencia del Camino, la Verdad y la Vida. Al concluir esa homilía de la Epifanía, el Papa Benedicto, con una genialidad admirable, le da un giro a esta analogía del corazón inquieto: «Pero no solo nosotros estamos inquietos por Dios: el corazón de Dios está inquieto por nosotros. Dios nos espera. Nos busca. Él tampoco conoce el descanso hasta que nos encuentra. El corazón de Dios está inquieto, y por eso emprendió el camino hacia nosotros: a Belén, al Calvario, de Jerusalén a Galilea y hasta los confines de la tierra.» (Benedicto XVI, Homilía de la Epifanía, 6 de enero de 2012) Y esta inquietud que reside en el corazón de Dios se nos transmite para que llevemos la luz de su presencia a todo el mundo.
Hoy, como los Reyes Magos, buscamos algo que nos brinde plenitud, satisfacción, alegría y paz. Esto es lo que buscamos con los propósitos (resoluciones) de Año Nuevo, que son buenos y válidos… siempre y cuando estén arraigados en Jesucristo. Nuestra búsqueda a veces nos lleva por caminos equivocados, pero finalmente regresamos aquí, a este pesebre, a este altar, a esta iglesia, para encontrar aquello que nuestros corazones anhelan de verdad. Un mundo lleno de oscuridad ha sido inundado por la luz radiante de Dios. Contemplar las estrellas es maravilloso, pero al igual que aquellos primeros astronautas pioneros que se aventuraron más allá de nuestra órbita hace más de 60 años, llega un momento en que debemos dejar de contemplar y comenzar a explorar lo que hay más allá. Hemos pasado esta Navidad contemplando esta gloriosa escena del pesebre. Ahora es tiempo de dejar de contemplar y comenzar a explorar lo que reside en el corazón de nuestro Dios.
Que Dios los bendiga a todos,


